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aunque en este caso prevaleció la interpretación de
la presidenta de la conferencia de Cancún, quien
presentó el "consenso" como el "derecho a ser escu-
chado" y no como "el derecho de veto" de un país,
ignorando la voluntad de los otros 193 países.
Las grandes desigualdades entre las fuentes de
emisión han sido históricamente otro de los factores
estructurales que más ha dificultado el surgimiento
de un consenso universal para asumir compromi-
sos de mitigación. Hasta ahora la interpretación del
principio de "responsabilidades compartidas pero di-
ferenciadas" ha introducido una rigidez en el régimen
global climático que le impide ajustarse a la nueva
realidad geopolítica mundial.
Si bien la contribución histórica de los países
desarrollados a la generación de GEI los obliga a
adoptar dichos compromisos antes de que lo hagan
los países en vías de desarrollo --argumento que
condujo al establecimiento de la estructura de com-
promisos diferenciados del Protocolo de Kioto--, el
surgimiento de economías emergentes --Brasil, India
y China, que se están convirtiendo ya en la fuente
más importante de dichas emisiones--, requiere
mirar con otros ojos la tajante división entre el norte
desarrollado y el sur subdesarrollado, que hasta
fechas recientes ha prevalecido.
De 1990 a 2006 los países no-Anexo 1 (países
en desarrollo no obligados a reducir emisiones en
el Protocolo de Kioto) han aumentado su participa-
ción en las emisiones de GEI globales de 33 a 48%,
con proyecciones para alcanzar 58.5% para 2025.
Asimismo, China rebasó desde 2007 a Estados
Unidos como el emisor más importante de dióxido
de carbono, complicando aún más la difícil situación
política interna de este último país, a pesar de la
postura del presidente Barack Obama y haciéndole
prácticamente imposible la aceptación de compromi-
sos vinculantes de mitigación.
La decisión en Cancún de que los países en vías
de desarrollo adopten planes nacionales de acciones
orientadas a la mitigación (conocidos como Nationally
Appropriate Mitigation Action, o NAMAs, por sus
siglas en inglés) y que aquéllos que reciban recursos
internacionales sean sometidos a mecanismos de ve-
rificación y monitoreo es un primer paso, muy tímido,
pero en el sentido correcto.
Más importante aún para lograr una transición
hacia un nuevo paradigma climático, post-Cancún,
que consiga resultados tangibles para salvar al pla-
neta, es menester emprender acciones que tengan
lugar fuera de la burbuja diplomática en la que las
negociaciones climáticas han operado.
El mayor reto es generar conciencia entre la
opinión pública mundial sobre los efectos y riesgos del
cambio climático, pues esto exige seguir una estrate-
gia política en varios frentes y niveles que oriente los
esfuerzos de actores clave en la sociedad civil y en el
sector empresarial hacia acciones en el plano global
--en el seno de distintos foros internacionales, como
el G20, la Asociación Asia Pacífico para el Desarrollo
Limpio y el Clima, el Foro de las Grandes Economías,
etc.-- pero, sobre todo, al interior de países cuyo apo-
yo a un acuerdo vinculante de mitigación es esencial.
La suma de las voluntades individuales de los ciuda-
danos de la Tierra es la pieza clave en este complejo
rompecabezas climático.
Isabel Studer es directora fundadora del Centro
de Diálogo y Análisis sobre América del Norte.
Kumi Naidoo, director internacional de Greenpeace, durante un foro alterno de la COP 16.
© Greenpeace / Prometeo Lucero